Cassiopeia

Un día soñé con un mar de mundos posibles. Con los ojos cerrados miraba hacia el frente. Necesitaba todo para ser feliz. Demandaba todo. Lo exigía. La vida (me habían dicho) estaba afuera. Conseguir todo era mi objetivo. Saciarme. Dibujar universos. Atrapar la luz. Embriagarme.

Todo parecía apuntar a lo mismo. ¿Ser yo quién ataca? Sí, porque no siempre se mata con una pistola. (Y que me disculpen los muertos de mi felicidad).

¿Qué les puedo decir? ¿Qué un día todo cambio? ¿Qué un día a mí me dispararon? ¿Qué yo estaba ahí cuando pasó la masacre? ¿Qué fue la primera vez que morí? Aquella vez…llovía. El cielo estaba nublado. Aún había una esperanza de “exigir” lo que me correspondía del trato (sí, claro). Un instante después la sangre corría por mi costado. Calor húmedo. Agua en la cara y las viseras de fuera. Nada. Una luz blanca se apoderó de mis ojos. Totalmente ciega, caminé al camión, esperando no perderme. Lo hice. Vagué por la inmensa ciudad horas, quizá días. El tiempo se perdió en el universo y yo con él.

Lo más raro es que nadie notó mi ausencia. Nadie puso un aviso en el metro para encontrarme. No llamaron a la policía. No movieron nada de mi cuarto ni prepararon mi funeral.

Al siguiente instante estaba caminado hacía el trabajo. Las personas seguían sin notar mi ausencia. Les juraba a las personas que había muerto, que me sentí desangrar, incluso, que me dieron el tiro final en la frente para dejar de pensar.

Y la vida parecía interminable.

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