María
De repente, un ruido extraño sacude el exterior de la casa. Un camión pita en la calle. Ella camina hacía la ventana del segundo piso, abre un poco la cortina y vigila que nadie la esté mirando mientras hace miles de conjeturas de lo que pasó. Otra vez las mismas sombras que la persiguen. Los espectros que caminan en su interior. Su voz emite un sonido imperceptible: me quiero morir. Entonces no existe nada tangible para ella. Ni yo.
Diagnóstico: delirios de persecución. Prescripción: Solian Amilsuprida y horas de insomnio. Todo cambió.
Sus parientes la miran con malos ojos, al parecer no permiten, dentro de sus buenas costumbres, a una mujer con problemas mentales.
Incluso, en las reuniones se pronuncian bromas al respecto, como aquella sentencia de un primo lejano: “Las mujeres que no están muertas, están locas, así que es mejor que estén locas”. Pero, ¿Ella qué podía esperar de ellos? Nada, así que sólo se encerró en su mundo de imágenes donde nadie podía entrar. La angustia dictaba el último gesto en el drama.
Es cierto, cuando se muere alguien querido es nuestra muerte la que vivimos. Su angustia era mi angustia y su locura la mía, pero mi mayor miedo era que no lograra reconocernos, que olvidara. En la lucha que librábamos su regreso no tenía cabida, porque es cierto, el amor a la fuerza nada vale.
¿Sufrimos? Sí, mucho. También nos enojamos y rabiamos por todo lo que pasaba alrededor de la casa, pero, ¿quién se puede llamar normal en esta Tierra? Porque no es cierto, las mujeres que no están muertas tampoco están locas, están vivas.
¿Cómo pasó? No lo sabemos, pero un día salió a la calle. En la banqueta miró a su alrededor. Por primera vez se permitió dejar de tomar pastillas. Emerge…quizá nunca se puedan callar las voces, ni las críticas de los familiares, pero ya no duelen, ya no lastiman.
Es cierto, cuando se muere alguien querido es nuestra muerte la que vivimos. Su angustia era mi angustia y su locura la mía, pero mi mayor miedo era que no lograra reconocernos, que olvidara. En la lucha que librábamos su regreso no tenía cabida, porque es cierto, el amor a la fuerza nada vale.
¿Sufrimos? Sí, mucho. También nos enojamos y rabiamos por todo lo que pasaba alrededor de la casa, pero, ¿quién se puede llamar normal en esta Tierra? Porque no es cierto, las mujeres que no están muertas tampoco están locas, están vivas.
¿Cómo pasó? No lo sabemos, pero un día salió a la calle. En la banqueta miró a su alrededor. Por primera vez se permitió dejar de tomar pastillas. Emerge…quizá nunca se puedan callar las voces, ni las críticas de los familiares, pero ya no duelen, ya no lastiman.
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