Tormenta
Pese a todo fui. Llegué. Hacía frío. Comenzó una tormenta. Y (como toda una
novata)… Entre. Comencé. La lluvia no cesaba, al contrario... Las gotas se
sentían entre mi ropa. Salté los primeros charcos. Pensé... Es controlable.
Quería saber qué se sentía correr bajo la lluvia.
El bosque... Aquel sitio que conocía muy bien... se convirtió en otro...
Así como nosotros en nuestros peores días: violento, helado, con la cercanía
de alguien que golpea y hiere.
Todos sabían que el bosque bajo una tormenta
es peligroso, pero seguí, como si no pudiera controlar el regreso... Continúe...
Como si alguien más me obligará a seguir.
Aquel sitio que recorría en media hora se volvió interminable. Las hojas azotaban a los árboles.
Las gotas se convirtieron en hielo. El agua me llegaba a la mitad de mis
piernas. Escurría agua helada y los truenos...
Vi varios árboles caídos a mi alrededor. ¿Qué hacía ahí? ¿A dónde iba? ¿Quién me seguía?
Ese bosque, no era mi bosque. Me azotaba y me recordaba que no tenía el poder ni el control de nada.
A mitad del camino caí en cuenta: eso no era bueno para mí, pero no podía regresar
y tampoco podía avanzar.
Seguí. Nadie podía ir por mí. Corté la ruta. Aún
pensaba en los pasos de alguien atrás de mí. Nada.
Mi hija... Mi vida...Definitivamente no podía volver a hacer lo mismo. Nunca. Por nada, ni por nadie.
No sé si fue Dios... pero alguien me hizo regresar. El último pensamiento que
tuve antes de salir fue: respeta su dolor, aunque tú no lo sientas.

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