Deterioro
“Tú eres un simple objeto en mis ojos”
Cortázar
Tú curiosidad te invita a pasar a ese lugar extraño. No te puedes resistir; quieres ser parte de la historia, deseas ver a los fantasmas en las paredes de las vecindades. Quieres encontrarte en el centro de la Ciudad de México.
Es medio día en la calle de Donceles. Caminas mientras buscas algo, cualquier cosa, quizá un milagro... tu mirada se dirige hacia un niño que corre de un lado a otro por la calle; él entra al negocio de su tío, apenas se puede ver el letrero: “Se compran y venden libros usados”.}
El túnel de libros se abre a tus pies; el niño sigue tus pasos por los corredores oscuros. Él te guía hacía donde se encuentra la jefa de las empleadas, Karla. Le pides trabajo, ella te aplica una prueba, mientras regaña al chiquillo y éste se sube llorando al segundo piso.
Él se llama Aldo. Ojos color miel. Tiene nueve años y un cutter en el bolsillo para defenderse de los bandidos, porque la vida le recordó muy pronto que estaba sólo. Su madre murió hace dos meses a causa de una enfermedad terminal.
Nunca habla de su padre, pero Aldo te cuenta del día en que murió su abuela de la misma enfermedad que su madre: aquel día, en la noche, tuvo que irse con sus hermanos a un hotel de Tacuba, porque sus tíos los corrieron de su casa. Recuerda…te sigue hablando, porque es viernes en la tarde y nadie va a comprar libros, entonces puedes hablar con él mientras le enseñas matemáticas. Se vuelven amigos.
Benjamín es otra historia. Todos hablan de él: “es frío, calculador y guapo”. Es muy vale madres. Es el hermano mayor de Aldo; desde que murió su mamá, sólo trabaja los fines de semana en la librería. Tú no lo conoces.
Mientras tanto, Aldo se esconde entre los anaqueles, espera hasta advertir tú presencia en la sección de sociología y novela policiaca. Sigue esperando el momento preciso, de repente salta y te asusta. Él es la única compañía que tienes en aquel lugar frío, donde trabajas de 10 de la mañana a ocho de la noche.
Tú laboras con tres chicas más: Karla, Rosario y Bertha. Chayo despacha la parte más grande la librería; ella te platica de su vida cuando la vas a visitar; es católica y enseña catecismo a los niños de la Purísima en Iztapalapa. Se enamoró del sacerdote de la Iglesia: “A mi me gusta hablar con los padres, ellos te ayudan. Yo lo hubiera hecho todo por él, pero no pude. Lo demás no me llena, necesito algo que me llene. A veces el trabajo no es lo suficiente.” Ella clama por alguien que no sea superficial: “Hipócritas, todo el tiempo hipócritas”.
Aldo se lleva bien con Rosario. Él también la va a visitar, pero nunca deja de hablar muy apropiadamente; le pregunta a Chayo: “¿Acaso tienes algún interés en ser famosa?” ella responde: “No, sólo tengo interés en vivir.” Ella es veterinaria y le enseña los libros de animales al pequeño. Él se comporta como una persona de tu edad, de veinte años, quizá más grande, pero tiene sólo nueve.
No siempre tuvo la misma confianza contigo; el primer día de trabajo, Aldo ni siquiera te dirigía la mirada. Las primeras palabras que salieron de su boca fueron: “¿Qué hora del día te gusta más?”, le dijiste que las seis de la tarde porque es la hora donde la temperatura del color de la luz es más alta. Le preguntas lo mismo y contesta: “Me gustan las 10 de la mañana, porque es cuando los negocios del Centro empiezan a abrir y hay mucha gente por todos lados, pero la hora que menos me gusta son las ocho de la noche porque todo está cerrado y me siento solo”.
Aldo también le teme a Karla, quien es todo lo contrario a Chayo. Ella le pone a hacer tarea y lo regaña cuando salta entre los anaqueles viejos, pero también la quiere. Parece una mujer joven con alma vieja. Es el sueño del poder para ambos. Es la jefa de todas las empleadas y tiene diecinueve años. Ella camina como una gata, un pie tras otro en línea recta. Dice que te contrató a ti porque te le haces familiar (sino probablemente no lo hubiera hecho). Es pedante, presumida, ¿Cómo se atreve a mandarte a ti, si tú tienes dos años más?, pero la vas queriendo conforme pasan los días.
Ves en el librero un texto de la colección Aguilar, una de las editoriales más caras de la librería, abres una página y dice: “La diosa coronada implica mi venida”. Quizá sea cierto, la curiosidad por conocer a la gente que vive en el centro histórico fue el motivo por el que entraste a trabajar en aquel lugar, al cual no quieres abandonar, aunque lo tengas que hacer. Pero la diosa coronada no fue lo que te llamó más la atención, sino la sonrisa de aquel niño delirante, la que te mostró los secretos del edificio que temblaba con el menor movimiento de la tierra.
La teoría anterior fue demostrada cuando te diste cuenta de las cosas que te enseñaba Karla y las que te mostraba Aldo.
Ella educó tus ojos para discernir entre un buen libro de arte y otro que sólo contuviera datos aislados, también te enseñó a bailar en la plancha del Zócalo las danzas prehispánicas, porque si existieran otras vidas, Karla sería una doncella azteca.
Por el contrario, él te mostró el segundo piso del edificio. Ahí se encontraba su cuartel de guerra, lugar donde el partido comunista aún no moría. Lenin y Marx cuidaban su pequeño legado. Aldo comandaba al grupo de sus amigos en las reuniones clandestinas, pero efectivamente él tenía serios problemas morales. Un día te dijo: “No puedo ser comunista porque soy católico y los católicos odian a los comunistas”.
Pero un secreto más antiguo, era el porqué de su afición a la lucha socialista. Él lo había hecho para defender a su familia de la bruja, quien había matado a su abuela y a su madre. Él no quiere decirte la historia completa porque piensa que te burlarás, pero le dices que le creerás todo si tiene el valor de contarte: “Tengo que luchar contra la bruja que vive en el tercer piso, pero no puedo solo, por eso utilizo la espada que encontré en la sección de religión. Ella seguirá matando a mi familia”.
Aldo se enoja con facilidad. Se esconde en la cocina de la librería; pero ese día te toca preparar la comida, por lo que inevitablemente te acompaña. Aquel sitio es el único que emite algún tipo de calor de todo el edificio. Comienzan a reír; él dice que le gusta tu compañía. Es el primero que prueba tus guisos, es muy exigente, pero dice que le encanta tu comida. Entonces habla: él está molesto porque a su tío se le olvido invitarlo a su fiesta de cumpleaños. Tú sabes la verdad, el dueño de la librería se encuentra con su amante.
Ese mismo día tampoco fue bueno para Martha, la última chica que fue contratada. En el fondo del edificio, entre la bodega de los libros más costosos y la sección de medicina, se encontraban más de dos mil libros olvidados en una esquina. El dueño expresamente le pidió a Martha que los acomodara en cajas. Todo el día trabajó en eso. De repente grita. Una cucaracha de más de cinco centímetros se arrastraba en la portada de la Retórica de Aristóteles. Desde que encuentra al animal le pide a Aldo que la acompañe. Empieza a oscurecer.
Ese mismo día tampoco fue bueno para Martha, la última chica que fue contratada. En el fondo del edificio, entre la bodega de los libros más costosos y la sección de medicina, se encontraban más de dos mil libros olvidados en una esquina. El dueño expresamente le pidió a Martha que los acomodara en cajas. Todo el día trabajó en eso. De repente grita. Una cucaracha de más de cinco centímetros se arrastraba en la portada de la Retórica de Aristóteles. Desde que encuentra al animal le pide a Aldo que la acompañe. Empieza a oscurecer.
El enojo de ambos se apacigua conforme pasan las horas. En una tregua implícita, empiezan a bromear, porque efectivamente no queda de otra, porque si Aldo se encuentra ahí todo el día es por su terrible ausencia en la escuela. La mugre en la cara lo delata, está sucio.
Un día llega corriendo a la librería, más temprano que de costumbre. Se les ha notificado de su regreso a la escuela. Está nervioso, te informa que lleva el cutter por si alguien le hace daño. En el trayecto a la escuela, una niña lo mira de reojo. Él se apena y te dice: “Yo no veo como una necesidad tener novia. Pero me gusta una niña del salón, aunque es imposible, no me quiere”. “Él de ninguna forma era para mi” era lo que se repetía ella desde que lo conoció. Su amor platónico sólo le dio una negativa, sus mundos eran distintos y ella lo sabía; perteneciente a la clase alta del centro histórico, cómo se iba a fijar, de verdad, en la hija de una vendedora ambulante.
Para ir a la escuela corría más rápido, estaba nervioso, pero nunca terminaba de hablar como una persona adulta. Te dice mientras lo persigues por las calles: “estoy tratando de revivir lo que está muerto por dentro. ¿Qué entiendes tú por dolor? Tú no has sufrido lo suficiente.”
Regresas de dejarlo en la primaria, sabes que sin él todo el día será aburrido, pero es preferible que vaya a la escuela. Sólo te queda esperar a que lleguen los clientes. Tomas un libro de Van Goh que dice: “No importa que te mueras de hambre, tienes que hacer lo que te gusta”. Recuerdas que el final está por llegar. Ya casi llega la hora de partir de aquel lugar, de regresar a la universidad, para hablar de lo mismo y con las mismas personas. Sólo queda una pregunta en el aire: ¿Cómo se lo dirás a tu amigo?
Prefieres perderte arreglando los libros en las distintas secciones que estar afuera sin hacer nada. Encuentras a Sombra, la gata de la librería, al principio le caías mal. Te rasguñaba sin tregua ni elogio. Ahora es distinto, te ronronea en los pies. Quiere leche. Fumas mientras le das de comer y sigues pensando cómo te irás de ahí, con qué pretexto válido lo abandonarás tú también.
La señora de las trufas llega, son exquisitas, acompañadas de un buen café, un cigarro y el libro de Manet, el momento perece perfecto, quizá tengas que dejar la universidad para estar en el lugar que realmente quieres, con las personas que se convirtieron en tu familia.
Los espasmos regresan, las crisis de ausencia tocan tú puerta y delatan el dictamen final: “Si no te vas de ahí, el polvo te hará recordar viejas enfermedades”. Sólo la vendedora de chocolates puede regresar cuando quiera, si te vas tú no podrás mirar hacía atrás, no con los mismos ojos.
¿Por qué tarda Aldo? Sin él presente tienes que platicar con tus compañeras de trabajo, ellas cuentan la historia de la calle Donceles: “Al mando de cada una de las librerías están los hijos del señor Ubaldo López, quienes se dedican al tránsito de libros entre bibliotecas, coleccionistas y extranjeros. Algunas ediciones se encuentran en las bodegas personales y restringidas de los dueños debido al alto costo o antigüedad de los libros.” El tesoro es inaudito, incluso cuentan con algunos bocetos de las obra de Diego Rivera, Síqueiros y autores de la ruptura como Rojo y Felgueréz. ¿Cómo los consiguen? Algunos son vendidos por la ignorancia de los portadores, otros simplemente son recolectados de las bibliotecas que cierran. Aldo sigue sin llegar…
Probablemente se quedó platicando con alguno de sus nuevos amigos. Tú sabes que si no estuviera tan acostumbrado a las calles del centro, lo adoptarías, para enseñarle otros lugares, donde no es necesario un cutter en el bolsillo.
Karla sigue platicando. Nuestra jefa además de ser altiva, es muy inteligente. Su hermosura cabe en las dimensiones del colapso. Los compradores siempre se le quedan viendo, ella sigue contando: “Olvido rápido si me lo propongo. Y desnudo al hombre que elijo sin tregua ni elogio. Él se asustó y yo corrí tras él, pero nadie corría tras de mí.”
Sólo oyes los susurros de la voz de tu jefa, tú estás pensando en otra cosa, al señor Ubaldo casi no lo has visto por su negocio, nos tiene tan olvidadas como a su librería y a su sobrino, pero eso sí, todos los días comes guisados exquisitos. Nunca las deja sin comer, por cierto, ya casi se acerca la hora de tu receso.
Las otras dos chicas siguen hablando, Martha se pone triste de que sólo le gustan “los desperdicios de la humanidad”, los locos, los corruptores de almas (lo dice con tanta gracia). Porque su transgresor, su paranoico y asustadizo hombre sólo la besó una vez, entre historia de México y turismo. Ella nunca supo el nombre de aquel hombre misterioso que le hablaba en un idioma ininteligible. Sólo la besó y se fue a su país.
Todas éramos mujeres, el señor Ubaldo no admitía varones en su empresa. En ella la sabiduría brotaba de las páginas de los libros, algunos con más de 100 años de antigüedad; porque Miguel Ángel, Hesse, Alighieri, Manet, Eco, Schopenhauer, Bresson, los hermanos Mayo, Kundera, Remedios Varo y los dioses de todas las religiones se encontraban alrededor de nosotras, las mujeres que los custodiábamos, contra el polvo y la humedad, los bichos y las ratas. “La cultura al alcance de todos”. Era el lema del dueño.
Pero las represalias de tu huida resonaban en tus muros. Por eso no te involucraste más con tus amigas, por eso lo dejaste ir sólo a la escuela el último día que lo viste.
Aldo por fin llegó; le diste tu teléfono y le dijiste que te llamara si necesitaba algo. Le sacaste la foto reglamentaria. Visitaste por última vez su cuartel y le pediste a la bruja que lo dejara en paz. Lo abrazaste, le pediste disculpas (en tu cabeza). Te fuiste sin avisarle. El siguiente lunes sabría de tu huida.
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