Día de muertos


Mi mamá toca la puerta de mi cuarto muy temprano, me habla al oído y susurra las palabras que repite cada año: “Pon el casset de las mañanitas para cantárselas a tu hermana”.

Nadie se quiere despertar a felicitarla, todos estamos medio dormidos, pero sabemos que es nuestra obligación hacerlo, porque el día que nos toque quedarnos en cama para ser sorprendidos será respetado. Aún no amanece.

Comienza la fiesta. El olor a calor con azúcar quemada y huevo tostado llegan, como cada año, desde hace más de 70 años.
 Ha salido del horno el primer pedido de la panadería.

Según mi papá, ella se cruzó en el camino el primero de noviembre como un regalo del Día los muertos. 

Ana no parece incomodarse porque no tiene un pastel en su cumpleaños número veinticuatro, de hecho ningún año ha tenido pastel, pero sí pan de muerto acabado de salir del horno para tomárselo con café y leche en polvo.

Entonces mi papá, mi mamá, mi hermano, Ana Laura y yo comenzamos a trabajar. Uno quiebra los huevos, otro pesa la margarina, otro mide la levadura.

Primero se hace una fuente de harina en medio de la mesa, dentro de ella se ponen todos los líquidos. Se sumerge la mano en una especie de mezcla acuosa de huevo, leche, agua, naranja hasta que se unen todos los elementos y se va incorporando con la harina.

Es hora de abrir las cortinas del local, de llevar el pan al mostrador y comenzar las ventas. Yo vendo mientras prendo el horno. Todos pasan, me saludan, se sientan, esperan, sin embargo, hay señoras que yo no reconozco, pero me dicen que ellas vienen a comprarlo desde que estaba mi abuelo con vida.

Yo no recuerdo los rostros de cada una, aunque son similares por las arrugas, los ojos, sus rebozos y sus faldas a media rodilla con calcetas que desentonan con sus zapatos negros y con las trenzas blancas que caen por sus espaldas.

Despacho mientras mi fijo cómo va el pan, porque verlo crecer por los efectos del calor, es como ver la imagen latente cuando se hace presente por medio del revelador en el cuarto oscuro, la materia sufre el mismo efecto del cambio.

Dice Ana que nosotros trabajamos con instantes, con la transformación, pero la esencia son las raíces, el punto en donde convergen nuestras historias y de ahí partir al destino individual.

Cada año es distinto, unos se van, otros regresan y algunos llegan, pero es un hecho que desde el 31 de octubre hasta el 1 de noviembre en la noche, es obligación de los cinco integrantes de la familia, más allegados, estar en la casa para ayudar al ritual, al círculo que nos conecta aunque los demás días de nuestras vidas sean distintos.

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